Marcelo Figueroa

El tiempo de Dios

Francisco, un “tiempista” paciente del kairos divino no puso reparos para el encuentro con el patriarca ortodoxo Kirill. “Un día” después del llamado de Jesús a Pedro y Andrés devino el escándalo del cisma, y al “otro día” de aquella división, el Señor y el mundo fue testigo del abrazo del reencuentro.

Fueron importantes los diálogos teológicos, el debate sincero, los gestos cuidados, la diplomacia mutua de altísimo nivel y respeto, pero parafraseando a Tertuliano, la sangre de los mártires es la semilla de este encuentro.

El documento conjunto, rico en acuerdos teológicos, declaraciones ecuménicas esperanzadoras, palabras de inusual frescura sacramental y visiones éticas compartidas, menciona la unión histórica de los mártires comunes de los primeros siglos. Esta unión primigenia sellada con la sangre apostólica de la iglesia incipiente es en ese texto un claro punto de partida. Por ello, la persecución actual de los cristianos de todas las confesiones se transforma en un punto inocultable de llegada donde las jurisdicciones eclesiales borronean sus límites humanos.

El ecumenismo por el cual oró Jesús (Jn 17,21) es un camino. En ese transitar los gestos superan las palabras y los minutos eclipsan los siglos. Tanto el obispo de Roma como el patriarca de Moscú, no ignoran que el camino por delante para una unión visible de esa diversidad reconciliada será largo. Sin embargo, Francisco y Kirill están plenamente conscientes que la historia entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, tendrá el día de hoy como un punto de infexión hacia la unidad espiritual.

Es probable que en lo profundo de la mente y corazón de Francisco haya recordado a San Pedro y San Andrés, apóstoles patronos de ambas confesiones. Es que estos primeros discípulos de Jesús, hermanos de carne y luego de la sangre del martirio, los llama desde la voz de Jesús que aún resuena en el cosmos. “Yo los haré pescadores de hombres”. Hoy, ese abrazo y ese encuentro fueron el tiempo y el espacio del cosmos ecuménico atemporal. Como si Andrés y Pedro volvieran a mirar a Jesús, bajarse por un tiempo de sus propias barcas y comenzar un tiempo nuevo de anuncio del Reino de Dios, su justicia y su paz.

Marcelo Figueroa

REFLEXIONES